Stewarding Dishonest Wealth

25th Sunday in Ordinary Time | September 22, 2019

See today’s readings here. This homily focuses on the Gospel reading. The archive of all of Fr. Brian’s homilies can be found here: Salesian Sermons


My whole life, I have been surrounded by Catholic School teachers.

    My mom has worked as one for over 30 years.

    And her colleagues have become like a second family to my own.

Every graduation party. They’ve been there. Most of my birthday parties. They’ve been there.

They donated money to send me on a service trip to Texas and mailed me care packages when I broke my leg my freshman year of college.

They prepared me for first Holy Communion, directed me in plays, and wrote my college recommendation letters.

I am the man I am today because of their guidance, their witness, their faith and their love.

Which is why I was totally confused when they began calling me Father the weekend of my ordination.

    I remember saying the same thing again and again

Umm, I’m still Brian. The same Brian you’ve known since I was 5.

And they would smile and nod. And then insist on using the title.

Slowly building a pedestal to place me on.

A clerical pedestal that seems to grow higher and higher with the passage of time. A pedestal I even feel like I contribute to the longer I’m in this role.

Enjoying the free meals in the diner. Or the way I feel important when someone asks my prayers or wants my blessing.

Despite the fact that deep down, it doesn’t feel right. I know that pedestals are not where I’m supposed to be. For pedestals are for idols. And let’s be real, we too often make our priests into idols.

    And this just makes me feel so hypocritical.

Watching as people assume that somehow I have some direct link to God. Assume that I am somehow holier than the average person.

Knowing that none of these statements are true.  For if these past decades should have taught us anything, it is that simply wearing a collar doesn’t make us holy.

It is the life I choose to live because of that collar that should make me holy. This is simply my path as each of us has our paths, our calls, our vocations.

And yet, here I am, this steward caught holding this dishonest wealth.

Confronted with the same challenge posed to the steward of the Gospel. What do I do with my illicit gain? What do I do with this pedestal I am precariously perched upon?

What do we do with the dishonest wealth that comes to us simply because of our gender or our race, our class or our immigration status.

We did not ask to be born into wealth or born with white skin. We did not ask to be born a male or to be born with citizenship.

    We did not ask for this dishonest wealth.

    But for many of us, we are still recipients of it.

The privilege that allows me to walk into a store without fear of a security detail or walk down a street without a catcall.

The privilege that allows my traffic stops to result in a friendly, “drive slower father”.

The privilege that allows me to wake each morning confident that I will eat that day.

The privilege that allows me to walk into any professional setting and be greeted as if I belong there.

So what do we do with our dishonest wealth.

Do we squander it?

    Pretending it doesn’t exist.

Taking offense at the very thought that there might be wealth we didn’t earn, didn’t ask for, and frankly don’t necessarily want.

Telling other people that their experience of reality is a lie because it upsets our own        worldview.

Or, like the steward, do we turn this wealth to the advantage of the other. The one who lacks power. Who lacks opportunity. Who lacks access.

Becoming the voice who calls out our friend when he makes the crude sexual reference or looks out for a friend at a party making sure that she can have a good time without fear of someone else’s advances.

Becoming the voice who invites the other to speak, proclaiming their perspective in our boardrooms, breakrooms, and bedrooms.

Becoming the ally who stands besides the one on the outside, even if that means we both stand in the cold.

Becoming the priest who chooses to empower each member of the Body of Christ to be the priest, prophet, and king or queen they were baptized to be.  Even if that means surrendering my own authority. My own power. My own status to make it happen.

We may not be able to choose the wealth. We may not be able to avoid the pedestals.

But we can use them to build the kingdom.

So let’s get building. May God be Praised.


XXV Domingo Ordinario | 22 De Septiembre 2019

Toda mi vida he estado rodeado de maestros de la escuela católica.

Mi mamá ha trabajado como una maestra católica por más de 30 años.

Y sus colegas se han convertido en una segunda familia para mí.

Cada fiesta de graduación. Han estado allí. La mayoría de mis fiestas de cumpleaños. Han estado allí.

Donaron dinero para enviarme a un viaje de servicio a Texas y me enviaron provisiones cuando me rompí la pierna durante mi primer año en la universidad.

Me prepararon para la primera comunión, me dirigieron en obras de teatro y escribieron mis cartas de recomendación para la universidad.

Soy el hombre que soy hoy por su guía, su testimonio, su fe y su amor.

Por eso, estaba totalmente confundido cuando comenzaron a llamarme Padre el fin de semana de mi ordenación.

Recuerdo haber dicho lo mismo una y otra vez

Umm, sigo siendo Brian. El mismo Brian que han conocido desde que tenía 5 años.

Y ellos sonreían y asentían. Y luego insistieron en usar el título de “Padre” cuando me llamaban..

Lentamente construyendo un pedestal donde colocarme.

Un pedestal clerical que parece crecer más y más con el paso del tiempo. Un pedestal a que incluso siento que contribuyo yo cuanto más tiempo estoy en este papel.

Disfrutando de las comidas gratis en el restaurante. O la forma en que me siento importante cuando alguien pide mis oraciones o quiere mi bendición.

A pesar de que, al fondo, no se siente bien. Sé que los pedestales no son el lugar para mí. Porque los pedestales son para ídolos. Y frequentemente, convertimos a nuestros sacerdotes en ídolos.

Y esto solo me hace sentir muy hipócrita.

Que la gente suponga que de alguna manera tengo algún vínculo directo a Dios. Suponen que yo sea más sagrado que cualquier persona corriente.

Y sé que no es cierto. Si estas décadas pasadas nos hubieran enseñado algo, es que simplemente usar un alzacuello no nos hace santos.

Es la vida que elijo vivir debido a este alzacuello lo que debería hacerme santo. Es simplemente mi camino ya que cada uno de nosotros tiene un camino, una llamada, una vocación.

Y sin embargo, aquí estoy, un servidor atrapado con esta riqueza deshonesta.

Estoy enfrentando el mismo desafío que tienen todos los servidores del Evangelio. ¿Qué hago con mi ganancia ilícita? ¿Qué hago con este pedestal en el que estoy posado precariamente?

¿Qué hacemos con la riqueza deshonesta que nos llega simplemente por nuestro género o nuestra raza, nuestra clase o nuestro estado migratorio?

No pedimos nacer en la riqueza ni nacer con piel blanca. No pedimos nacer hombre ni nacer con la ciudadanía.

No pedimos esta riqueza deshonesta.

Pero para muchos de nosotros, todavía somos receptores de ello.

El privilegio que me permite entrar a una tienda sin temor de los guardias de seguridad o el privilegio de caminar por una calle sin que me hagan piropos. El privilegio que la policía solo me de un aviso suave: “Padre, que maneje más lento”. El privilegio que me permite despertar cada mañana seguro de poder comer luego. El privilegio que me permite entrar en cualquier entorno profesional y ser recibido como si perteneciera allí.

Entonces, ¿qué hacemos con nuestra riqueza deshonesta?

¿La malgastamos?

Fingir que no existe.

Ofendiéndonos ante la sola idea de que podría haber riqueza que no ganamos, que no pedimos y, que francamente, quizás no queremos.

Decirles a otras personas que su experiencia de la realidad es una mentira porque desafía nuestra propia visión del mundo.

O, como el servidor, convertimos esta riqueza en la ventaja del otro. El que carece de poder. Quien carece de oportunidad. ¿Quién carece de acceso?

Convertirse en la voz que reprende al amigo que hace una referencia sexual cruda. O buscamos la amiga en una fiesta, asegurándose de que pueda pasar un buen rato sin temor a los avances de otra persona.

Convertirse en la voz que invita al otro a hablar, proclamando su perspectiva en nuestras salas de juntas, salas de descanso y habitaciones.

Convertirse en el aliado que se para al lado de él que esté afuera, incluso si eso significa que ambos estamos parados en el frío.

Convertirse en el sacerdote que elige capacitar a cada miembro del Cuerpo de Cristo para que él o ella sea el sacerdote, profeta, rey ​​o reina para el que estuvo bautizado. Incluso si eso significa renunciar a mi propia autoridad. A mi propio poder. A mi propio estatus para hacerlo realidad.

Es posible que no podamos elegir la riqueza. Es posible que no podamos evitar los pedestales.

Pero podemos usarlos para construir el reino.

Así que vamos a construir. Que Dios sea alabado.

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