Every Land, Every Nation

21st Sunday in Ordinary Time | August 25, 2019

See today’s readings here. This homily focuses on the Gospel reading. The archive of all of Fr. Brian’s homilies can be found here: Salesian Sermons


A few years ago, I had the opportunity to travel to Benin, a small country on the western coast of Africa, with some students.

Our final night there, we all found ourselves in a room, dancing and singing with the Oblate seminarians from Benin and South Africa. It was the highlight of my trip.

As I sat down for a few moments to catch my breath, one of the students sat down next to me and said , “How are you doing this?”

I was confused. “Doing what?” I asked.

He said, “How are you so comfortable here? It is as if you’re at home.”

I was so taken aback by the question. Because I hadn’t given it much thought. But he was right. I did feel at home.

“I don’t know,” I said. “I just feel at home. For these guys are my brothers, which means I’m with family. And how can I not be at home when I’m with family?”

Then he got really serious and said, “You know most people don’t think like that right? You’re not normal.”

Now, to be fair, he’s not wrong.  I am definitely far from normal.

But his question has stuck with me.

Because he’s right. Most people don’t think like I do.

    We are a nation and a Church fractured into a million different islands, cut off from one        another.

We divide ourselves based on race. Based on language. Based on religion. Based on politics. Based on class.

And with time, we confuse the islands that we have created with what God intended.  

    Building our own narrow gates that define who belongs within the kingdom.

Assuming that God resides with us and only with us. That our dwelling places are the only ones in which God chooses to dwell.

And suddenly home is a very small place indeed.

My friends, look around at the unholy harvest this vision has brought to our lands.

    We’ve got Christians looking at photos of children in cages and saying that Matthew 25        doesn’t apply to them.

We’ve got Christians chanting, “send her back” to US citizens who simply look different and possess different political views.

    We’ve got Christians filling up the comment boards of site after site with vitriol and hate.  

We even have Christians believing they are doing God’s work as they gun down shoppers in Walmarts in El Paso.

And yet, this is so far from God’s vision for his people.

For when we hear the first reading we hear of a God who is choosing to go to every land, to every nation.

And what God too often finds is those of us who do not recognize the Master of the house.  For we are looking for a Master of our own creation. And therefore we never really meet the true Master.  We are never truly at home.  

No wonder the door is locked. We have become strangers to the very God we supposedly follow. The God we supposedly love.

Today, my friends, we are shaken out of our complacency. Today we are challenged to really see our God dwelling among us.

    A God who works on a farm, labors in a mine, sits in a jail cell and sleeps under a bridge.

    A God who speaks Spanish and Mandarin and who signs.

A God who is black and brown. A God who is female and male. A God wrinkled with age and a God in the prime of youth.

    A God who needs a wheelchair.  A God who is illiterate A God without papers.  

A God who is ordering a latté. And bagging our groceries. And waking up beside us in the morning.

And when we can truly see God for who God truly is, we too will finally feel at home.

Forever reclining around the table in which all of us have a place. May God be Praised.


XXI Domingo Ordinario | 25 De Agosto 2019

Hace unos años, tuve la oportunidad de viajar a Benin, un pequeño país en la costa occidental de África, con algunos estudiantes.

Nuestra última noche allí, todos nos encontramos en una habitación, bailando y cantando con los seminaristas oblatos de Benin y Sudáfrica. Fue lo más destacado de mi viaje.

Cuando me senté por unos momentos para recuperar el aliento, uno de los estudiantes se sentó a mi lado y dijo. . . ¿Cómo haces esto?

Estaba confundido. ¿Qué estoy haciendo? Le pregunté.

Me dijo, ¿cómo es que estás tan cómodo aquí? Es como si estuvieras en casa.

Estaba tan sorprendido por la pregunta. Porque no lo había pensado mucho. Pero tenía razón. Me sentí como en casa.

No sé, le dije. Me siento como en casa. Estas personas son mis hermanos, lo que significa que estoy con mi familia. ¿Y cómo no sentirme en casa cuando estoy con mi familia?

Luego se puso muy serio y dijo: Sabes que la mayoría de la gente no piensa así, ¿verdad? Tú no eres normal.

Ahora, para ser justos, no está equivocado. Definitivamente estoy lejos de lo normal.

Pero su pregunta me ha quedado grabada.

Porque tiene razón. La mayoría de la gente no piensa como yo.

Somos una nación y una Iglesia fracturada en un millón de islas diferentes, separadas unas de otras.

Nos dividimos según la raza. Según el lenguaje. Según la religión. Según la política. Según la clase social.

Y con tiempo, confundimos las islas que hemos creado con lo que Dios pretendía.

Construyendo nuestras verjas que definen quién pertenece al reino.

Como si Dios resida con nosotros y solo con nosotros. Que nuestras viviendas son las únicas en las que Dios elige vivir.

Y de repente, el hogar sí es un lugar muy pequeño.

Mis amigos, miren la cosecha impía que esta visión ha traído a nuestras tierras.

Tenemos cristianos mirando fotos de niños en jaulas y diciendo que Mateo 25 no se les aplica a ellos.

Tenemos cristianos cantando “que la envíen de vuelta” a ciudadanos estadounidenses que simplemente se ven diferentes y poseen diferentes puntos de vista políticos.

Tenemos cristianos llenando páginas de internet con vitriolo y odio.

Incluso tenemos cristianos que creen que están haciendo el trabajo de Dios mientras asesinan a los compradores en Walmart en El Paso

Pero todo eso está muy lejos de la visión de Dios para su pueblo.

Porque cuando oímos la primera lectura, oímos sobre un Dios que está eligiendo ir a cada tierra, a cada nación.

Y lo que Dios encuentra con demasiada frecuencia son aquellos de nosotros que no reconocemos al Amo de la casa. Porque estamos buscando un Maestro de nuestra propia creación. Y, por lo tanto, nunca nos encontramos con el verdadero Maestro. Nunca estamos realmente en casa.

No es de extrañar que la puerta esté cerrada. Nos hemos convertido en desconocidos del mismo Dios que supuestamente seguimos. El dios que supuestamente amamos.

Hoy, mis amigos, nuestra complacencia ya no es suficiente. Hoy tenemos el desafío de ver realmente a nuestro Dios habitando entre nosotros.

Un dios que trabaja en una granja, que trabaja en una mina, que se sienta en una celda y que duerme debajo de un puente.

Un Dios que habla español y mandarín y que se comunica utilizando lengua de señas.

Un dios que es negro y moreno. Un Dios que es mujer y hombre. Un Dios arrugado con la edad y un Dios en la flor de la juventud.

Un Dios que necesita una silla de ruedas. Un Dios que es analfabeto. Un Dios sin papeles.

Un Dios que ordena un café con leche. Y que embolsa nuestros comestibles. Y que se despierta a nuestro lado por la mañana.

Y cuando realmente podamos ver a Dios como es en realidad, finalmente nosotros también nos sentiremos como en casa.

Siempre sentados alrededor de la mesa en la que todos tenemos un lugar. Que Dios sea alabado.

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