HOMILY: The Final Word

27th Sunday in Ordinary Time | October 2, 2016

Fr. Brian Zumbrum’s homilies and reflections are posted weekly at Leaven in the World. To see the archive of all his posts, just click here: Salesian Sermons

PROTIP: You can take a look at the Sunday readings here. This homily focuses on the first reading.

This past week I visited Brandon Wingo’s grave.

It was the first time I had been back since we buried him several months ago.

As I knelt down beside the freshly laid stone, I could not help but start to cry. For there on the stone were pictures of Brandon as I will always remember him.

Pictures of him riding his bike.

Pictures of him next to a basketball.

Pictures of him in his graduation suit.

As I stared at those pictures, I could not help but rage against the injustice of it all.

15 years old. Murdered. In broad daylight. On his way home from school.

And in my grief, I felt like the prophet in today’s 1st reading.

Echoing the call that has been made throughout the ages.

Why, O Lord Why?

Why do the cycles of violence keep churning?

Why have our inner cities become a war zone, silencing our future one child at a time?

Why are unarmed men and women gunned down by the ones tasked with protecting them?

Why do our schools and night clubs, malls and universities, churches and office buildings continue to become the sites of mass shootings?

Why do people pour forth such vile insults and savage one another, simply because they hold a different view of the world than their own?

Why do people unleash terror in the name of the one God who is love?

Why does war continue to tear apart nations, from the bombed out streets of Aleppo to the drug markets of Latin America to the tribal conflicts of Sudan.

When will this stop, O Lord?

And in my questions, I must admit, I didn’t exactly want to hear the final lines of the first reading.

Because I was tired of waiting.

I was tired of waiting for a change.

I was tired of burying young people.

I was tired.

But that night, I reread a story that a friend of mine had sent me shortly after Brandon’s funeral.

In the story, the author stumbled upon a clearing in which a raven had grabbed a baby bird out of its nest and was crushing it between its beaks. The mother bird was desperately attempting to free her child, but to no avail. The chick was soon dead and the mother was distraught. Her cries pierced the silent glade, a terrible song of lament. A song of death and despair.

But then something totally unexpected happened. Another bird flew into the clearing and began to sing. It noticed the scene before it and seemed to sing in response to it. It joined its song to the mother, even though this chick was not its child. Soon another bird joined. And then another.

Before the author knew it, dozens of birds were circling the raven. Singing in defiance of this murderer in their midst. Singing in solidarity with this bereaved mother.

Singing the song of life and hope. The song that says, this Raven does not have the final word.

We do.

And we choose to sing.

And in this story, I gained a glimpse into the wisdom of our readings for this weekend.

For in their own way, Habakkuk, Paul and Christ are asking us to sing this song.

To sing the song of life and hope.

To sing it with power.

To sing it with patience.

To sing it day in and day out.

To defy the ravens in our midst. To defy the cycles of violence and hatred. To defy the cycles of oppression and injustice.

Even when we are seemingly powerless to stop them.

For we can still raise our voices and join the song, in solidarity with those who grieve and with those who struggle.

For this is what it means to have faith.

To sing as our savior sang.

Trusting that despite all appearances to the contrary, the cross of death does not possess the final word. The raven does not have the final say.

God does.

And His word is one of resurrection. His song is one of new life.

Truly, this is a song worth singing. Truly, this is a promise worth waiting for.

May God be Praised

La semana pasada visité la tumba de Brandon Wingo.

Fue la primera vez que había vuelto desde lo enterramos hace varios meses.

Como me arrodillé junto a la piedra recién puesto, yo no pude evitar empezar a llorar. Porque allí en la piedra eran fotos de Brandon como siempre lo recordaré.

Fotos de él montando en su bicicleta.

Fotos de él junto a una pelota de baloncesto.

Fotos de él en su traje de graduación.

Mientras miraba esas fotografías, no podía dejar de sentirme rabia contra la injusticia de todo.

15 años. Asesinado. A plena luz del día. En su camino a casa desde la escuela.

Y en mi dolor, me sentí como el profeta en 1ª lectura de hoy.

Haciendo eco de la llamada que se ha hecho a lo largo de los siglos.

¿Por qué, Señor ¿Por qué?

¿Por qué los ciclos de violencia siguen revolviendo?

¿Por qué nuestras ciudades se han convertidas en una zona de guerra, silenciando a nuestro futuro, niño tras niño?

¿Por qué hombres y mujeres desarmados están matados a tiros por los encargados de la protección de ellos?

¿Por qué nuestras escuelas y clubes nocturnos, centros comerciales y universidades, iglesias y edificios de oficinas continúan llegar a ser los sitios de fusilamientos en masa?

¿Por qué la gente sigue decir tales insultos viles y salvajes entre sí, simplemente porque tiene una visión diferente del mundo?

¿Por qué la gente desata terror en el nombre del único Dios que es amor?

¿Por qué la guerra continúa desgarrar las naciones, de las calles bombardeadas de Alepo a los mercados de drogas de América Latina a los conflictos entre tribus de Sudán.

¿Cuándo acabará esto, Señor?

Y en mis preguntas, debo admitir, yo no quiero oír exactamente las líneas finales de la primera lectura.

Porque estaba cansado de esperar.

Estaba cansado de esperar a un cambio.

Estaba cansado de enterrar a los jóvenes.

Estaba cansado.

Pero esa noche, me volví a leer una historia que un amigo mío me había enviado poco después del funeral de Brandon.

En la historia, el autor topó a un claro en el que un cuervo había agarrado un pajarito fuera de su nido y se estaba aplastándolo entre sus picos. La madre del pajarito estaba tratando desesperadamente de liberar a su hijo, pero fue en vano. El pajarito se estaba muy pronto muerto y la madre estaba angustiada. Sus gritos atravesaron el claro silencio, un terrible canto de lamento. Una canción de la muerte y la desesperación.

Pero entonces ocurrió algo totalmente inesperado. Otro pájaro voló en el claro y comenzó a cantar. Se notó la escena delante de sí y parecía cantar en respuesta a la misma. Se unió a su canto a la madre, a pesar de que este pájarito no era su hijo. Pronto se unió a madre pájaro. Y luego otro.

Antes de que el autor sabía, decenas de pájaros revoloteaban el cuervo. Cantando en desafío de este asesino en medio de ellos. Cantar en solidaridad con esta afligida madre.

Cantando la canción de la vida y la esperanza. La canción que dice, este cuervo no tiene la última palabra.

La tenemos nosotros.

Y elegimos a cantar.

Y en esta historia, he adquirido una visión de la sabiduría de nuestras lecturas para este fin de semana.

Por su manera, Habacuc, Pablo y Cristo nos están pidiendo cantar esta canción.

Para cantar la canción de la vida y la esperanza.

Para cantar con poder.

Para cantar con paciencia.

Cantarla día tras día.

Para desafiar a los cuervos en medio de nosotros. Para desafiar a los ciclos de violencia y odio. Para desafiar a los ciclos de la opresión y la injusticia.

Incluso cuando estamos aparentemente impotentes para detenerlos.

Aún podemos levantar nuestras voces y unirnos a la canción, en solidaridad con los que sufren y con los que luchan.

Por esto es lo que significa tener fe.

Para cantar como nuestro salvador cantó.

Confiando en que a pesar de todas las apariencias en contrario, la cruz de la muerte no posee la última palabra. El cuervo no tiene la última palabra.

Dios la tiene.

Y su palabra es una de resurrección. Su canción es una de nueva vida.

De verdad, este canto vale la pena cantar. De verdad, vale la pena esperar esta promesa.

¡Bendito sea Dios!

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