HOMILY: To Whom Shall We Go?

NOTE: This week, Fr. Brian’s homily is available both in English and Spanish. To read the Spanish version, scroll down!

Fr. Brian Zumbrum’s homilies and reflections are posted weekly at Leaven in the World. To see the archive of all his posts, just click hereSalesian Sermons

21st Sunday in Ordinary Time | August 22/23, 2015

PROTIP: Before reading on, be sure to take a look at the readings here. This homily is based on the first and Gospel readings.

So this past week marked a very difficult milestone for me.

I buried my first former student, a 21 year old graduate of Fr. Judge who was murdered in Philadelphia.

As I sat in the funeral parlor and watched my former students approach his open casket, my heart was shattered for them.  I saw the grief.  I saw the anger.  I saw the confusion.

For it mirrored my own.

I had no words.  What could one say in the face of such darkness?

As I walked up the steps to St. Matthew’s the next day, I was barely holding it all together.

And yet in the familiar rituals that I have been through countless times, I found the rock to which I could cling.

I shed tears as familiar tunes were sung.

I shed tears as we clung to one another during the sign of peace.  

I shed tears as incense was offered, water sprinkled and goodbyes were said.

And once again I discovered the truth that when I am at my lowest point, I seem to always find my way into the arms of God through the arms of the Church.

See, I completely understand the response of the crowd in our Gospel for today.

For let’s be honest.  Belonging to the Church can be extremely difficult.

Many of the teachings are hard.

Many of the traditions of the Church no longer make sense.

We, the members of the Church, can be deeply flawed.

We can twist Church teaching into a façade for our own prejudices and fears.

We can use the authority invested in us to control and manipulate others in the name of God.

We can be cold and self-righteous

And heaven knows that the world can be dark and cruel.

Is it any wonder that many walk away?

And yet, for some reason, I have never been able to be one of those people.

For when I look back on the landscape of my life, I have noticed a similar pattern.

Every time my world is rearranged.  Every time I find myself shattered.  Every time I lose hope.

I somehow find myself turning to the God who has always been there.  I somehow find myself turning to the Church for answers, for comfort, for healing.

When I was overwhelmed by college applications, high school drama, and never-ending school work, I remember sitting outside on my deck for several hours talking to a God I supposedly didn’t believe in.

When I was told by my college classmates that I would never be a good enough Catholic to be a priest because I wasn’t enough of a man, I remember sobbing in the school chaplain’s car as he gently listened and reminded me that Church was bigger than they were.

When I was failing as a teacher at Father Judge, I remember sitting in a darkened chapel screaming that I couldn’t do it anymore.  And when I left that chapel, I somehow had found the strength to go back into the classroom.  It seems I wasn’t finished after all.

And when I heard that news that a young man had murdered dozens of children in a school in Newton, CT, I remember going into the chapel and crying, staring at the flickering candles until I found the courage to go and become that light that was seemingly extinguished on that terrible day.  

Like the disciples, I have always found myself repeating that line that is so poignant for its honesty.

Master, to whom shall we go?

For I don’t know about you, but I have tried to turn to other idols.

I have buried myself in my work.

I have surrounded myself with the affection of others.

I have placed myself at the center of my own universe.

I have tried to escape through whatever temporary pleasures were available.

But in my lowest moments, they have all failed me.

What has remained is the love of my God experienced in and through the Church.

The Church comprised of all of us.

My friends, that same question that Christ spoke to his disciples 2000 years ago is once again proclaimed to each of us.

“Do you also want to leave?”

This question is yours alone to answer.  And it is not a question that is asked lightly.  For the Lord knows what He is asking.  And the Lord knows the cost that comes with this request.

But my prayer is that you will say no.  That you will remain here with us.

For as for me and my house, we will serve the Lord.

May God be Praised.

XXI Domingo Ordinario | 23 de agosto 2015

Las lecturas del domingo están aquí. Esta homilía se centra en temas en la primera lectura y el Evangelio.

Así que la semana pasada marcó un tiempo muy difícil para mí.

Enterré mi primer ex estudiante, un graduado de la escuela Padre.Juez, quien fue asesinado en Filadelfia.

Mientras estaba sentado en la funeraria y observé mis antiguos alumnos que se acercaban a su ataúd abierto, mi corazón se rompía por ellos. Vi el dolor. Vi la ira. Vi la confusión.

Porque reflejaba la mía.

No tenía palabras. ¿Qué puede uno decir en la cara de tal oscuridad?

El próximo día, mientras caminaba hacia las escaleras de San Mateo, yo apenas me podía sostener.

Y sin embargo, en los rituales familiares que he pasado por infinidad de veces, me encontré con la roca a la que yo podía aferrarme.

Derramé lágrimas mientras se cantaban melodías familiares.

Derramé lágrimas mientras nos aferramos el uno al otro durante el saludo de la paz.

Derramé lágrimas cuando se le ofreció incienso, agua rociada y  despedidas fueron dadas.

Y una vez mas descubrí la verdad que cuando estoy en mi punto más bajo, me parece siempre encontrar mi camino en los brazos de Dios a través de los brazos de la Iglesia.

Mira, yo entiendo completamente la respuesta de la gente en nuestro Evangelio de hoy.

Porque seamos honestos. La pertenencia a la Iglesia puede ser extremadamente difícil.

Muchas de las enseñanzas son difíciles.

Muchas de las tradiciones de la Iglesia ya no tiene sentido.

Nosotros, los miembros de la Iglesia, podemos estar profundamente defectuosos.

Podemos torcer la enseñanza de la Iglesia en una fachada para nuestros propios prejuicios y temores.

Podemos utilizar la autoridad invertida en nosotros para controlar y manipular a los demás en el nombre de Dios.

Podemos ser fríos y santurrónes.

Y el cielo sabe que el mundo puede ser oscuro y cruel.

No es extrano que muchas personas se marchan.

Y, sin embargo, por alguna razón, nunca he sido capaz de ser una de esas personas.

Porque cuando miro hacia atrás en el paisaje de mi vida, he notado unas muestras similares.

Cada vez que mi mundo se reorganiza. Cada vez que me encuentro destrozado. Cada vez que pierdo la esperanza.

De alguna manera me encuentro regresando hacia el Dios que siempre ha estado ahí. De alguna manera me encuentro regresando a la Iglesia en busca de respuestas, para la comodidad, para la curación.

Cuando me sentía abrumado por solicitudes para la universidad, el drama de escuela secundaria,  y el trabajo escolar de nunca acababa, recuerdo estar sentado afuera en mi cubierta por varias horas hablando con un Dios en el que supuestamente no creía.

Cuando me dijeron mis compañeros de universidad que nunca iba a ser un católico suficiente bueno para ser un sacerdote porque yo no era lo suficientemente  hombre, recuerdo que  lloraba en el coche del capellán de la escuela mientras escuchaba y me recordaba amablemente  que la Iglesia era más grande de lo que eran ellos.

Cuando estaba fallando como profesor en el Padre Juez, recuerdo sentado en una capilla oscura gritando que no podía hacerlo más. Y cuando salía de la capilla, de alguna manera había encontrado la fuerza para volver a entrar en el salón de clases. Parece que no había terminado después de todo.

Y cuando me enteré de que la noticia de que un joven había asesinado a decenas de niños en una escuela de Newton, CT, Recuerdo que fui a la capilla llorando, mirando las velas encendidas hasta que encontré el coraje de ir y llegar a ser esa luz que  aparentemente se había extinguido en ese día terrible.

Como los discípulos, siempre he encontrado a mí mismo repitiendo esa línea que es tan conmovedora por su honestidad.

Señor, ¿a quién iremos?

Porque yo no sé ustedes, pero yo he tratado de convertirme a otros ídolos.

Me he enterrado a mí mismo en mi trabajo.

Me he rodeado con el afecto de los demás.

He puesto a mí mismo en el centro de mi propio universo.

He tratado de escapar a través de  placeres temporales que fueran disponibles.

Pero en mis momentos más bajos, todos ellos me han defraudado.

Lo que ha quedado es el amor de mi Dios que experimentó a  través de la Iglesia.

La iglesia consta de todos nosotros.

Mis amigos, la misma pregunta que Cristo le habló a sus discípulos hace 2000 años se proclama una vez más a cada uno de nosotros.

“¿También ustedes quieren irse?”

Esta pregunta es sólo suya para responder. Y no es una pregunta que se hace a la ligera. Porque el Señor sabe lo que está pidiendo. Y el Señor sabe el coste que viene con esta solicitud.

Pero mi oración es que usted vaya a decir que no. Que usted permanecerá aquí con nosotros.

Por lo que a mí y mi casa serviremos al Señor.

Alabado sea Dios.

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