HOMILY: Facing & Conquering Our Fears

NOTE: This week, Fr. Brian’s homily is available both in English and Spanish. To read the Spanish version, scroll down!

Fr. Brian Zumbrum’s homilies and reflections are posted weekly at Leaven in the World. To see the archive of all his posts, just click hereSalesian Sermons

5th Sunday of Lent | March 14/15, 2015

PROTIP: Before reading on, be sure to take a look at the readings here. This homily is based on the Gospel reading.

So over this summer, I learned something about my brother that I never knew before.

My brother is terrified of heights.

Now, the irony is, I learned this fact as we were about to climb to the very roof of the Duomo in Florence, Italy.

Now, after learning of his fear, I fully expected him to decline when we asked him to climb to the top of the dome, where all that separates you from the ground below is a small, metal railing.  And yet, to everyone’s amazement, he decided that he was going to climb.

As we were slowly climbing the steps, we all kept checking back on my brother to see how he was doing.  At points, you could see the force of will that it was taking from him to keep climbing, but he did not stop.

When he finally reached the top, he stopped and looked out over the breathtaking horizon.  I watched as he appeared to soak in the city landscape that went on and on in every direction.  As I edged my way towards him, I asked, “How are you?”  He looked at me, smiled, and said, “Well, I could do without the heights.  But man is this view worth it.”  And then he slowly began his descent back to the ground.

I thought about my brother a lot as I was reflecting on the Gospel from this weekend.

Because, like my brother, we find Jesus naming his own fear.

Now, I don’t know about you.  But I find it incredibly comforting to know that Jesus struggled with his own fears.

That he did not take lightly the cross that he was asked to bear.

That in his abandonment and betrayal, in his suffering and pain, and ultimately in his death, Jesus had to work to find the courage to face and overcome every one of those fears.

For I believe that we all have our fears that we are called to face.

For some it could be our fear of failure.  That we will fail in our marriage or in our friendships.  That we will fail as a parent or as a child.  That we will fail in our endeavors.  That we will fail in our work.  That we will fail to become the person we want to be.

For others it could be our fear of loss.  That we will lose what is most precious to us.  The people we love.  The work that provides for us.  The independence and freedom that we enjoy.

For still others, it could be our fear of the past.  A past that looms behind us threatening to unravel our present with its secrets and its shame, its sins and its scars.

For some, it could be our fear of an unknown future.  The uncertainty that comes with any transition in life.  The reality that we do not know what tomorrow will bring, that we are ultimately not in control.

For others it could be our fear of suffering.  Our fear of another round of chemo or another painful surgery.  Our fear of another explosive encounter with our loved one or the painful alienation that comes with being bullied.  Our fear of being abandoned or our fear of how we will provide for our family if the money runs out.

And for many of us, it could be our fear of death.  Our fear of what will happen when we die.  Our fear of leaving behind this life that we have grown accustomed to.

Yes my friends, we all have our fears that can keep us up at night.  We all have our fears that trouble our hearts.

And in this Gospel, we learn that our fears are not something that we should be ashamed to name, to own, to bring out into the light.

And yet, we cannot end there.  Like Jesus, we must pick up our cross.  Like my brother, we must make the climb.

Otherwise, we allow these fears to have power over us.  Crippling us.  Shackling us.

Trapping us perpetually at the foot of the cross with no hope of the Resurrection.

No my friends, we cannot just name our fears, we must also allow ourselves to triumph over them.

By turning to the same God who provided Christ with his strength to face his own fears, his own cross.

The God who offers healing and forgiveness for our past and hope for our future.

The God who restores what is lost, mends what is broken, and makes whole what is fragmented and scattered.

The God who shines light into the darkness, who brings strength to bear the crosses that may come, who envelops us in a comforting embrace when our hearts our heavy and our spirits are crushed.

The God who triumphs over death.

The God whose law is implanted in our hearts.

Here we are in the fifth week of Lent and once again we are given an urgent invitation.

An invitation to continue on our own spiritual journey by naming the demons, the fears that try to ensnare us and emptying them of their power so that we can be ever more free to follow Christ on our own paths of discipleship.

The invitation is ours, my friends.

Let us take the risk this day.  Let us face our fears and let us conquer them.

I promise the view will be worth it.

V Domingo de Cuaresma | 22 de marzo 2015

Las lecturas del domingo están aquí. Esta homilía se centra en temas en la lectura del Evangelio.

Durante este verano, he aprendido algo acerca de mi hermano que no sabía que antes.

Mi hermano tiene terror a las alturas.

Ahora, la ironía es, me enteré de este hecho, ya que estábamos a punto de subir a la cupula de la Catedral de Florencia, Italia.

Ahora, después de enterarse de su miedo, estoy totalmente esperaba que declinar cuando le preguntamos a subir a la cima de la cúpula, donde todo lo que te separa de la planta de abajo es una pequeña, barandilla de metal. Y, sin embargo, para sorpresa de todos, decidió que iba a subir.

Como estábamos subiendo lentamente las escaleras, todos nos mantuvimos revise de nuevo en mi hermano para ver cómo estaba. En los puntos, se podía ver la fuerza de voluntad que estaba tomando de él para seguir subiendo, pero no se detuvo.

Cuando por fin llegó a la cima, se detuvo y miró hacia el horizonte impresionante. Vi como él apareció para sumergirse en el paisaje de la ciudad que seguía y seguía en todas direcciones. Como me acerqué mi camino hacia él, le pregunté: “¿Cómo estás?” Me miró, sonrió y dijo: “Bueno, yo podría hacer sin las alturas. Pero el hombre es este punto de vista vale la pena. “Y entonces empezó lentamente su descenso hasta el suelo.

Pensé en mi hermano mucho como yo estaba reflexionando sobre el Evangelio de este fin de semana.

Porque, al igual que mi hermano, encontramos a Jesús nombrar a su propio miedo.

Ahora, yo no sé nada de ti. Pero me resulta muy reconfortante saber que Jesús luchó con sus propios miedos.

Que no toma a la ligera la cruz que se le pidió que soportar.

Que en su abandono y la traición, en su sufrimiento y el dolor, y finalmente en su muerte, Jesús tuvo que trabajar para encontrar el valor para enfrentar y superar cada uno de esos temores.

Porque yo creo que todos tenemos nuestros temores de que estamos llamados a enfrentar.

Para algunos podría ser nuestro miedo al fracaso. Eso fracasaremos en nuestro matrimonio o en nuestras amistades. Que vamos a fracasar como padre o como un chico. Eso fracasaremos en nuestros esfuerzos. Eso fracasaremos en nuestro trabajo. Que vamos a dejar de ser la persona que queremos ser.

Para otros podría ser nuestro miedo a la pérdida. Que vamos a perder lo que es más valioso para nosotros. Las personas a las que les encanta. El trabajo que nos proporciona. La independencia y la libertad de que gozamos.

Para otros aún, podría ser el miedo del pasado. Un pasado que se cierne detrás de nosotros que amenaza con desvelar nuestro presente con sus secretos y su vergüenza, sus pecados y sus cicatrices.

Para algunos, podría ser el miedo a un futuro desconocido. La incertidumbre que viene con cualquier transición en la vida. La realidad que no sabemos lo que pasará mañana, que en última instancia, no estamos en control.

Para otros podría ser nuestro miedo al sufrimiento. Nuestro temor de otra ronda de quimioterapia u otra cirugía dolorosa. Nuestro temor de otro explosivo encuentro con nuestro ser querido o la alienación dolorosa que viene con ser intimidado. Nuestro miedo a ser abandonado o el miedo de cómo vamos a ofrecer para nuestra familia si el dinero se acaba.

Y para muchos de nosotros, podría ser nuestro miedo a la muerte. Nuestro miedo de lo que sucederá cuando muramos. Nuestro miedo de dejar atrás esta vida que hemos crecido acostumbrados.

Sí mis amigos, todos tenemos nuestros miedos que pueden mantener a nosotros por la noche. Todos tenemos nuestros temores de que problemas de nuestros corazones.

Y en este Evangelio, nos enteramos de que nuestros temores no son algo que deberíamos avergonzarnos de nombre, de poseer, para sacar a la luz.

Y, sin embargo, no podemos terminar allí. Como Jesús, debemos tomar nuestra cruz. Al igual que mi hermano, tenemos que hacer la subida.

De lo contrario, permitimos estos temores para tener el poder sobre nosotros. Nos paralizante. Nos Shackling.

Atraparnos perpetuamente a los pies de la cruz sin la esperanza de la resurrección.

No mis amigos, no podemos simplemente nombrar a nuestros miedos, también debemos dejarnos triunfar sobre ellos.

Girando al mismo Dios que proporcionó a Cristo con su fuerza para enfrentarse a sus miedos, su cruz.

El Dios que ofrece sanación y perdón por nuestro pasado y la esperanza para nuestro futuro.

El Dios que restaura lo que se pierde, arregla lo que está roto, y hace todo lo que está fragmentada y dispersa.

El Dios que brilla la luz en la oscuridad, que trae fuerza para soportar todo lo que cruza puede venir, que nos envuelve en un abrazo reconfortante cuando nuestros corazones nuestra pesados ​​y nuestros espíritus se trituran.

El Dios que triunfa sobre la muerte.

El Dios cuya ley se implanta en nuestros corazones.

Aquí estamos en la quinta semana de Cuaresma y una vez más se nos da una invitación urgente.

Una invitación a continuar en nuestro propio viaje espiritual al nombrar a los demonios, los temores que intentan atraparnos y vaciado de su poder para que podamos ser cada vez más libres para seguir a Cristo en nuestros propios caminos de discipulado.

La invitación es la nuestra, mis amigos.

Tomemos el riesgo de este día. Hagamos frente a nuestros miedos y háganos conquistarlos.

Prometo que la vista va a valer la pena.

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